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La esperanza vestida de blanco

La experiencia fue inolvidable, me considero mejor médico y persona después de eso, dice Ferrera Calunga.

Fecha: 

19/01/2016

Fuente: 

Periódico Granma

Autor: 

 

El doctor Roger Ferrera Calunga no podía imaginar que aquel 24 de septiembre del 2014 le cambiaría la vida, pues tendría que elegir entre el cumplimiento del deber moral y el bienes­tar personal. Nada hay que prepare para una situación extrema, solo experimentarla posibilita la respuesta que define a los hombres en su condición humana.
 
“Hubiera preferido irme a una guerra, por lo menos tendría armas con que defenderme y localizar al enemigo, el ébola es una enfermedad infecciosa de la que poco se conoce y las posibilidades de contagio son muy am­plias”.
 
Ferrera Calunga, especialista en Medicina General Integral y en Cirugía General, del Hos­pital Militar Central Doctor Luis Díaz Soto, del municipio de La Habana del Este, tiene el alto honor de haber integrado la brigada Henry Reeve que combatió el virus del ébola en Liberia.
 

El doctor Roger Ferrera Calunga formó parte de la brigada médica
cubana que combatió el ébola en Liberia.

La epidemia del ébola fue causada por un brote en África Oc­cidental, originado en diciembre del 2013 en Guinea Co­na­kry y extendido después a Liberia y Sierra Leona, fundamentalmente. En dos años ocasionó más de 28 000 contagios y cerca de 11 000 muertos.
 
El médico afirma que la primera reacción de la familia fue de espanto. Luego, se adaptaron a la idea de que era posible ir, mantenerse vivo, cumplir con la misión encomendada y regresar: “Me apoyaron en todo momento”.
 
“Días después de aceptada la propuesta nos llevaron a la unidad central de colaboración, donde nos prepararon y dábamos ánimo mutuamente sin dejar de sentir miedo. Nunca un médico cubano se había enfrentado a una enfermedad de tal magnitud. La última vez que había ocurrido un brote tuvo una mortalidad de más de un 90 %, incluyendo a los pacientes y todo el personal médico que los atendía. El presentimiento era que muchos de nosotros no íbamos a regresar”.
 
El grupo que integraba el doctor salió rumbo a Liberia el 21 de octubre del 2014 y regresó seis meses después, el 21 de abril del 2015, antes de lo que se esperaba, con el deber cumplido y sin contagiados.
 
“El primer día en la zona roja, que es como se llamaba el lugar donde residían los pacientes, estábamos muy nerviosos, además, el traje nos hacía sudar tres o cuatro veces lo que normalmente sucede en un país tropical. A eso se suma que la visibilidad era limitada, no se podía ni caminar, se perdían muchos reflejos, es muy difícil al no estar acostumbrados a ese tipo de manejos. Con el paso de los días nos fuimos acostumbrando”.
 
“Una semana después extrapolamos el trabajo que hacíamos en Cuba, disipamos el miedo sin perder la cordura. Comienzas a tomarte el problema como tuyo, a sufrir las muertes de los niños y las familias enteras y alegrarte por los pacientes que sobreviven. Empiezan las relaciones médico-pacientes al estilo cubano, hasta donde las circunstancias lo permiten”.
 
“En ocasiones, los niños ingresaban caminando y paulatinamente se iban depauperando, hasta fallecer. La mirada de un pequeño que agoniza fue lo más desgarrador, y lo peor no contar con los recursos para hacer todo lo que quisiéramos. Con varios casos la opresión en el pecho era tan grande que no podía­mos reprimir las lágrimas porque nos recordaban a nuestros hijos. Solo las máscaras fueron capaces de contener el dolor que esto me provocaba”.
 
“Cuando supimos de la existencia de las vacunas nos alegramos mucho, porque era un sueño muy difícil de lograr. El hecho de que se hicieran grandes estudios, se emplearan fuerzas, recursos humanos y económicos para esto, vale más que sacar al mercado un fármaco, que normalmente demora años en comenzar a utilizarse. Nunca pensamos que llegaría tan rápido, por lo que la premisa siempre fue protegerse y saber que el control de la epidemia no iba a ser por la vacunación, sino por los cuidados”.
 
Hoy, Roger recuerda que la acogida de los liberianos al principio fue escéptica. “A veces  preguntaban si pertenecía a los Estados Unidos, no tenían ni idea de qué parte del mundo ve­nía la mano amiga, pero sí estaban seguros que era ayuda”.
 
Los cubanos llegaron cuando el ébola estaba en el momento de mayor prevalencia y este comenzó a disminuir casi enseguida. “Era una casualidad y al ser tan  supersticiosos lo vieron como una señal de que entonces, iba a finalizar. El agradecimiento del pueblo fue muy grande”.
 
“Resultó determinante la colaboración no solo por la labor desempeñada, sino por la influencia lograda en los médicos de los demás países. La epidemia demostró que sí se puede aunar esfuerzos con un objetivo común sin importar las creencias religiosas y las diferencias políticas. Cubanos y estadounidenses lograron trabajar unidos en circunstancias en las que aún no era una realidad el restablecimiento de relaciones”.
 
“La epidemia del ébola me cambió, ahora miro la vida de un modo diferente. Como profesional me siento aún más comprometido, pues vi el sufrimiento de los pacientes y sus familias al tener la muerte pisándoles los talones y eso te hace más sensible, más dedicado. La experiencia fue inolvidable, me considero mejor médico y persona después de eso”.