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Contra la conjura trujillista. La Revolución actuó con absoluta serenidad (I parte)

Date: 

00/08/2014

Source: 

Boletín Revolución No.40. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado
En el mes de agosto de 1959 los enemigos de la Revolución hicieron el mayor intento hasta el momento para destruir la naciente sociedad. El imperialismo yanqui, representado por el gobierno de Estados Unidos y el sátrapa Leónidas Trujillo, dictador de República Dominicana y otros países del área se unieron para materializar una gran conjura contra el pueblo de Cuba.  
 
El entonces comandante del Ejército Rebelde Raúl Castro Ruz había planteado la esencia de la conjura, cuando semanas después, el 11 de septiembre, expresó:  
 
La Conferencia de Chile [refiriéndose a la Conferencia de Cancilleres de la OEA], como se sabe, fue una trampa tendida contra Cuba. Los planes de Trujillo y sus compinches mayores y menores eran hacer coincidir un levantamiento contrarre volucionario interno y la invasión de fuerzas mercenarias extranjeras con la Conferencia de Cancilleres. De este modo, si los planes contrarrevolucionarios tenían éxito, la Conferencia de Cancilleres daría el asiento al nuevo poder anticubano. Y si no le daba un éxito completo, ponía a Cuba en condiciones de tener que someterse a las exigencias y presiones preparadas. (1)  
 
A continuación narraremos como fue desbaratada la conjura.  
 
Les dimos el fuacatazo  
 
Euclides Vázquez Candela, periodista de Revolución cubre una acción que solo podrá hacer pública varios días después, ya que los hechos reclaman absoluta discreción. Vázquez Candela narra sobre los acontecimientos que se desencadenaron a partir del 7 de agosto de 1959.  
 
Alrededor de las diez de la noche del viernes día siete recibimos de Carlos Franqui la orden de dirigirnos con tres fotógrafos de confianza a la casa de Celia Sánchez donde habría de reunirme con Fidel. No deberíamos despertar sospechas y para ello desechamos el Fiat de Revolución y tomamos a préstamo el Plymouth de Ithiel León.  
 
Una vez arribados a la calle 11, en el Vedado, recibimos la orden de subida de Efigenio Ameijeiras, jefe de la Policía Nacional Revolucionaria. Una hermana de Celia llamaba a Juan Almeida.  
 
—Fidel ordena que te dirijas inmediatamente a ésta, acompañado de Willy, Dioclesito, Llibre y otros.  
 
A los quince minutos, unos cuatro automóviles denotaban la presencia del Primer Ministro, esa noche en misión policíaca.  
 
—¿Trajiste los fotógrafos?  
 
—Tres.
 
—Bien, se trata de lo siguiente: estamos sobre la pista de una red de conspiradores y necesitábamos la mayor cantidad de documentos gráficos posibles. Ustedes reúnen, a mi ver, los requisitos de que siendo de confianza y capaces de ser discretos y no publicar las fotos hasta que convenga, son al mismo tiempo periodistas y pueden sacar mejor partido posible a lo que suceda, que un fotógrafo de las fuerzas armadas. Cuento con su colaboración y absoluta discreción.  
 
—Tirso Martínez, Jesse Fernández y yo abordamos un auto de la escolta de Efigenio. El segundo de la caravana. Llanos montó en el siguiente.  
 
El despliegue de fuerzas alarmó un poco la barriada que acostumbrada a la presencia de Fidel y sus hombres, notó sin duda alguna que esa noche era mayor que de costumbre, pues a la escolta habitual del jefe máximo de la Revolución cubana se le habían unido Almeida, Efigenio Ameijeiras y Augusto Martínez con sus respectivos hombres de confianza.  
 
Nos detuvimos unos instantes frente a la 15ª Estación de Policía. Allí Almeida mandó adelantarse a nuestro auto que encabezaba, entonces, el desfile de los carros que lo formaban. Llegamos a la esquina de 7ª A y calle 66. Conferenciamos con algunos individuos de paisanos y nos adentramos en una elegantísima casa, donde para nuestra sorpresa encontramos unos 30 hombres amontonados en la sala de la casa que fuera del ingeniero Alberto Vadía.  
 
Se cursaron algunas órdenes. —Siguen llegando, comandante —dijo una voz cualquiera. —Bien, vamos a esperarlos para ver cuántos otros casamos.  
 
Así se iniciaba una de las noches más interesantes de nuestra vida periodística. Estábamos en el cuartel general de una vasta conspiración contra el Gobierno Revolucionario. Combatientes del Escambray, asesorados por hombres del comandante Ramiro Valdés, habían logrado infiltrarse en ella a título de descontentos, ganando su confianza, garantizando la participación de innumerables guarniciones y jefes rebeldes, solo para conocerla y ponerla en manos de la Revolución en el momento oportuno.  
 
Quizás en otra oportunidad sea relatada la emocionante odisea de estos valerosos combatientes, viviendo con los peores enemigos de la Patria durante tres meses, evitando que la ira y el asco delataran sus verdaderas convicciones y simulando un absoluto desprecio por Fidel y sus hombres a punto de estar dispuestos a derrocarlos y asesinarlos.  
 
Cuando aun no conocía la intimidad de la situación, me acerqué a las dos sirvientas que en la cocina atendían a la presunta ministra de Educación, doctora Carmelina Benafonte y a la esposa de uno de los conspiradores llamado Danubio. Habíamos observado unas instrucciones hechas a máquina y adosadas a la pared del comedor firmadas por un tal William.
 
 — ¿Conocían ustedes lo que aquí se tramaba?, pregunté a Alejandrina Lima Álvarez y Nilda Pérez Álvarez, que así se llaman las sirvientas de la guarida de los militantes de La Rosa Blanca.  
 
—Nosotros nada. Nos limitamos a seguir las instrucciones de William y servir a los hombres que aquí se hospedaban. Como venían varios de uniforme, no nos extrañaba.  
 
— ¿Qué William?, preguntamos.  
 
—William Morgan, el comandante del Segundo Frente del Escambray.  
 
Fui donde se encontraban Fidel, Efigenio, Almeida y Augusto Martínez, ministro de Defensa, que con su escolta, también se había incorporado a los pesquisantes. En el trayecto me encontré a Armando Fletes, sonriente y afectuoso.  
 
— ¿Qué te sucede?, me pregunta el médico del Escambray.  
 
—Ya debe saberlo, es William Morgan, vuestro William Morgan, el jefe de este campamento.  
 
—No te inquietes, me responde Fleites con una carcajada, él y todos los principales hombres del Segundo Frente estábamos en la matraca. Los acomodamos y ahora les dimos el fuacatazo. Creyeron que éramos tan viles que traicionábamos a la Patria y a Fidel. Cuando esta noche los encañonábamos y les decíamos que terminaba el jueguito, no lo querían creer. Espero que la presencia de ustedes los haya convencido. Figúrate que yo iba a ser el Premier y Gutiérrez Menoyo el ministro de Defensa.  
 
—De pronto se mandó a hacer silencio. Alguien tocaba la puerta. Aldo Sánchez, uno de los héroes del formidable trabajo, la abrió. Un tal Nadal y otro Usatorres, se adentraron con amplia sonrisa. Cuando fueron encañonados por nosotros por nuestros hombres, no salían de su asombro.  
 
—Veníamos a encontrarnos con “una mulatica”.  
 
—Mentira, le contesta Aldo Sánchez. Acabo de hablar contigo por teléfono. Tú me dijiste que desconfiabas, porque habías visto cierto inusitado despliegue de automóviles por la barriada. Yo te contesté que no había problemas, que eran los carros de los demás complotados. Y tú tragaste el anzuelo. Y tú, Usatorres, le dice alguien, estás muy viejo ya para estas aventuras. Adelante.  
Así crece el número de los detenidos. Un golpe de nuevo en la puerta. La camiseta roja de Aldo que se hace familiar, y nuevos peces en la nasa.  
Fidel los interroga. A veces les habla de la Patria. Del crimen que cometen. De la ausencia de ideales y la presencia de los peores apetitos.  
 
— ¿Vieron ustedes acaso la concentración campesina de la Plaza Cívica? ¿Qué pensaban decirles a esos guajiros para justificar esta infamia? Ahora nuestra verdadera preocupación será evitar que el pueblo los linche. Cuando lo tenían todo, los vencimos y salieron huyendo. ¿A quién iban a derrotar ahora que tenemos unas fuerzas armadas completas y además de ello, al pueblo? ¿No los asquea haberse aliado al extranjero y estar dispuestos a asesinar inútilmente un grupo de compatriotas unidos a japoneses, italianos, dominicanos y españoles mercenarios?  
 
Se cursaron órdenes de detención contra Arturo Hernández Tellaheche, supuesto presidente de la República organizada por La Rosa Blanca; Armando Caíñas Milanés, que discutía esta posición y que había organizado un pool de ganaderos; Ramón Mestre, vicepresidente, (presidente de Naroca), que había comprado en 800,000 pesos, tres millones de billetes de 500 y 1000 pesos que han sido devaluado. Una de las primeras leyes de estos “patriotas” era la de restablecer el valor de los mismos. Así ganaba dos millones cien mil pesos en la jugada. Como se ve, los socios de Trujillo seguían la senda característica de los desplazados del primero de enero.  
 
Jorge González Rojas, presunto jefe de la Aviación; el doctor Alpízar, asignado para comandar el Hospital Militar del “Columbia” redivivo; Antonio Blanco y Regueiro, ex combatientes de Maffo contra las tropas de Fidel Castro; Enrique Ovares, ex presidente de la FEU y yerno del finado Gustavo Gutiérrez, y Carlos Remedios, eran algunos de los encartados apresados.  
 
Remedios escuchó el tiro con que se desarmara, hiriéndole en un dedo a Manuel Vázquez, designado para la jefatura de la Policía, que hizo resistencia. Como vive cerca de la casa de Vadía, corrió para avisar a otros complotados reunidos en otro lugar. Allí esperaba el comandante Carrera, uno de los muchachos del Segundo Frente del Escambray, con una buena redada de latifundistas.  
 
—Allí reuní más de 2 000 caballerías, nos dice eufórico Carrera.  
 
Fidel habla con Raúl Castro por teléfono:  
 
— ¿Llegó cargado? Yo creo que se adelantó. ¿Trajo alguna pesca? Voy para allá. De 7ª A y calle 66 salimos hacia Regla. Llegamos al espigón de la CU-MEX, a eso de las cuatro menos cuarto de la madrugada. El barco estaba solo. Luego salieron William Morgan y Ramiro Valdés con otros a recibirnos. Fidel fue el primero en subir. Se dirigió como William a babor. Bajamos una estrecha escalera, y en la bodega encontramos su preciosa carga: 40 ametralladoras calibre 50; 12 calibre 30 con su parque y 78 000.00 pesos contribución de Trujillo a la Reforma Agraria con otros nueve mil reunidos en la casa de Vadía.  
 
Regresamos a Marianao. Ya Augusto Martínez, Jorge Serguera y Juanito Escalona, interrogan a los detenidos y levantan las actuaciones.  
 
A las seis y cuarto salimos de Ciudad Libertad en el avión “Sierra Maestra”. Nos acompañan Augusto Martínez, Juan Almeida y William Gálvez, con sus escoltas. Nos siguen dos helicópteros, un transporte con Celia Sánchez, gasolina y unos camarógrafos. Varios “Seefuries” y P-51 nos escoltan. Durante más de una hora volamos a ras de mar por los callos de San Felipe y Los Indios, al noroeste de Isla de Pinos. Tratamos de apresar algunas embarcaciones con pertrechos de guerra para los complotados a cargo de René Casillas Lumpuy. Solo la confianza en el capitán Moriña nos permite permanecer tranquilos ante las peligrosas evoluciones del bimotor presidencial.  
 
Por fin descendemos en la pista de Siguanea, y Fidel, Almeida, Augusto, Gálvez y nuestro fotógrafo Jesse Fernández abordaron los helicópteros. Como en el caso anterior la búsqueda resultó infructuosa, retirándonos a descansar algunas horas en el hotel “Colony”, cuyas 85 habitaciones estaban ocupadas por turistas, la mayor parte cubanos. Esto es debido al nuevo plan establecido para fomentar el turismo en Isla de Pinos, abaratando los pasajes así como la estancia y la comida. Como siempre, la gente se arremolina alrededor de Fidel y como casi todos veraneantes portan cámaras fotográficas, las instantáneas del Primer Ministro fueron innumerables.  
 
En horas de la tarde hallamos aun tiempo para trasladarnos en helicóptero a la zona de Santa Fe, donde se desarrollan algunas cooperativas por el INRA. Las delicadas cuestiones militares y policiales en que Fidel se hallaba enfrascado no perturban su constante preocupación por el desarrollo de la Reforma Agraria. Dentro de un año no hay quien conozca esta isla. Entre la Reforma Agraria y los planes turísticos, la vamos a transformar por completo.  
 
Eran las ocho de la noche cuando arribamos al aeropuerto militar de Ciudad Libertad. Nuevas conferencias con jefes militares e interminables llamadas telefónicas. De ahí nos dirigimos a las oficinas de Camilo Cienfuegos en el Estado Mayor del Ejército. El héroe de Yaguajay nos acompaña. Allí nos esperan Raúl, Belarmino Castilla, Ramirito, Piñeiro, Serguera, Armando Hart y Llanusa. Se celebra una larga reunión de la que por ser estrictamente militar, no participamos. Nos entretenemos en averiguar a cuánto asciende la redada de elementos conspiradores. Una orden de Camilo nos ofrece una magnífica pista:
 
—Mande a hacer mil doscientas raciones de arroz frito, al crédito. Díganle a los chinos que el lunes pagaremos.  
 
Sabedores de la captura de “Arturito”, nos encaminamos a verlo.  
 
Caiñas Milanés no había sido detenido todavía. Terminada la conferencia, Fidel se marcha.  
 
—Me voy a descansar. Nos encontraremos por la tarde.  
 
Ahora soy yo el que se empata con Raúl. Bajamos a los sótanos a prueba de bombardeos. Allí se interroga a Gustavo Cowley Gallegos, hermano del finado Fermín, de tan ingrata recordación. Este Cowley es uno de esos a quién Ventura le hubiera pegado para que se callara. Muchos de ellos, incluyendo a Cowley, involucraron a Márquez Sterling que sostuvo conversaciones con los complotados, como posible candidato presidencial.  
 
Alguien señaló que Caiñas, descartado como presidente, se transó por la presidencia del INRA.  
 
Los complotados, por lo que se ve, pretendían realizar su propia Reforma Agraria, una reforma de la Reforma Agraria de Fidel.  
 
También se interroga a Medel, de extraordinario parecido con Papo Batista. Como es un militar ilustrado, le ofrecieron la jefatura del Ejército.  
 
—Los militares lo único que sabemos es obedecer, tartamudea el interrogado.  
 
—Y ¿por qué no obedece usted a la Patria y no a Trujillo?, agrega Serguera.  
 
Le siguen Santiesteban, candidato liberal a representante y “Cheito” Mujica, glorificado por “El Crisol”, “La Marina” y “Avance” como un “revolucionario que se oponía a la Reforma Agraria con tal fuerza que estaba dispuesto a alzarse en la Sierra, con Villaverde, otro de los capturados en 7ª A y calle 66.  
 
Con este Cheito ocurrió algo simpático que alivió la tensión de los primeros momentos, pues a la hora de tomar las generales en la casa de Vadía, yo le recordaba a Augusto Martínez y Lázaro Asencio, de quien se trataba.  
 
—Así que tú eres el “revolucionario Chito” de Pinar del Río, le pregunta sonriendo el auditor del Segundo Frente Oriental.  
 
—No, yo lo que soy es el gran idiota, contesta el desencantado conspirador.  
 
Unas horas de sueño en casa del jefe del Estado Mayor Conjunto y la confirmación la tarde del domingo de que hemos sido incluidos en la misión que vuela a Santiago de Chile al mediodía del lunes, nos revelan de ésta labor de reportero policíaco que por primera vez experimentáramos con la venia del Colegio Nacional de Periodista. (2)  
 
(Continuará en el próximo número)  
 
1. Revolución, La Habana, 12 de septiembre de 1959, p. 18.
2. Revolución, La Habana,17 de agosto de 1959, pp. 17 -19.