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Caraqueño

Дата: 

01/01/2008

Источник: 

Patria Grande

Revuelo de alas  de cristofué, turpiales y azulejos y una nube de presencias que descendió de las vereditas sinuosas y enlodadas en los cerros, serpenteó desde la madrugada  por entre las techumbres quejosas y frágiles de los barrios más humildes para unirse a los concurrentes de otras laderas y valles o remotos parajes del país: llaneros o andinos, desbordadas a las diez de la mañana, las simpatías en más de 30000 personas, por la Revolución Cubana y su líder Fidel Castro quien arribó a Caracas, el 23 de enero de 1959, invitado a los festejos en Venezuela por el primer aniversario del derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez y cuando aún los efluvios de la felicidad eran incontenibles en la tierra de Simón Bolívar. Desde el aeropuerto de Columbia y a bordo de un avión enviado por el gobierno venezolano, Fidel hizo el viaje por la ruta del mar Caribe hasta el aeropuerto internacional de Maiquetía, en la ciudad entre montañas que al ser avistadas concitaron un sentimiento de cercanía entrañable. Piedra desolada y filosa a veces, otras, como despeñadero de hojas a lo recóndito en las quebradas, ardiente en soles y desgarrada en aguas que se fugan irremediablemente límpidas.  Venezuela  suscitaba el recuerdo de José Martí con el polvo del camino recorrido en diligencia desde el puerto de La Guaira hasta la ciudad, por entre los montes espesos, con la perplejidad de quien palpa en la vivencia propia  los territorios de la épica y ansioso va donde el héroe Simón Bolívar. Probablemente acudía al pensamiento de Fidel lo escrito por el Apóstol sobre el país sudamericano, a lo cual, seguía una sucesión de imágenes de la fugaz visita que él mismo hiciera en 1948 a Caracas, cuando iba rumbo a Santa Fe de Bogotá para aunar voluntades y realizar un primer congreso continental de estudiantes. Fue por aquellos días el Bogotazo, la revolución súbita, justa, desordenada y fugaz con que el pueblo colombiano entre desconcertado, dolido y fiero, protestó por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Los caóticos e inesperados acontecimientos de Bogotá marcaron a Fidel, quien fue uno  más en la avalancha enardecida. Esa experiencia era parte de lo íntimo apreciado y constituía una valiosa lección puesta al servicio  de la Revolución Cubana, resguardada de excesos y emprendimientos violentos.

En Caracas, el contralmirante Wolfang Larrazabal, le dio la bienvenida a Fidel en medio de un mar de banderas de las naciones latinoamericanas y los vítores de una verdadera catarata humana, percibida con un nudo en la garganta y un sentimiento profundo de gratitud.

En la Plaza aérea del Silencio, el propio día 23 por la noche, Fidel confesó que había sentido una emoción mayor al entrar en Caracas que al entrar en la Habana, porque de estas última esperaba las pruebas de cariño y el abrazo por la lucha, por la libertad tras largos años de sacrificio del propio pueblo cubano conducido por el Ejercito Rebelde; pero sin embargo, de Venezuela, los cubanos solo habían recibido favores y éste  de acudir en torrente afectuoso y solidario a recibirlos era un gesto noble, el más puro de los homenajes de un pueblo heroico al pueblo de Cuba.

Fidel explicó las razones de tanta vehemencia en sus palabras. Fue a Venezuela para agradecer el espíritu solidario y la contribución material brindada al pueblo de Cuba en su lucha, pero también por otra razón: “porque el pueblo de Cuba necesita la ayuda del pueblo de Venezuela, porque el pueblo de Cuba, en este minuto difícil, aunque glorioso de su historia, necesita el respaldo moral del pueblo de Venezuela.”

(…)


Fidel viajó a Caracas y fue motivo de orgullo, satisfacción y especialmente, de admiración al pueblo venezolano, comprobar que la infamia y la mentira no podían engañar o seducir a los pueblos latinoamericanos como era propósito del imperio.

La Plaza del Silencio abarrotada por más de 300000 venezolanos entusiastas y enfebrecidos era una prueba inequívoca. Lo serían también cada uno de los encuentros que el Comandante sostuvo en la tierra del Libertador, donde permaneció hasta el día 26, siempre rodeado de multitudes, y donde cumplió un apretadísimo programa de actividades y contactos: recibimiento a dos y tres comisiones a la vez como luego reseñaría el periodista Lisandro Otero en Bohemia, acto en el Aula Magna de la Universidad Central de Caracas, presentación y discurso ante el Congreso de Venezuela, recepción en el Palacio de Miraflores, visita al Presidente Rómulo Betancourt, encuentro en la Embajada de Cuba.

Fidel durmió poco durante esos días, lo hizo en la misión cubana y en el Hotel Humboldt. No tuvo tiempo para el descanso. Comía frugalmente, en sitios y horas improvisados. Impresionaba por su oratoria diáfana en principios e inusitada por su sencillez, por el tono coloquial. En el Congreso analizó el drama de nuestros pueblos y leyó el artículo publicado solo cinco días después del golpe del 10 de marzo, titulado “Revolución no, zarpazo”, él mismo asombrado de las verdades y preludios esbozados en lo escrito siete años atrás. En la denuncia, Fidel anticipaba a Batista lo que su mandato significaría para Cuba y el final que sobrevendría.

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Para entonces la banderola del pez flameaba en  Isla Negra, en su casa de la playa o en el alma de Chile, el remoto lluvioso de los sures interminables o la pampa seca y palpitante de la sal o el abundante cordillerano o el que extiende la arena a las aguas pacíficas. Pablo Neruda, el poeta militante, antifascista total, amigo de Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti y la República española, compañero en su patria de Elías Lafferte y Salvador Allende, reconocida voz del continente en los volcanes y en las planicies, los desiertos y las selvas, sentía en Caracas, Venezuela que de la tierra, crecía una especie de adhesión heroica a la vida.

En aquel territorio de voluntades patrióticas coincidieron Fidel y Neruda, quienes participaron en el acto de recibimiento a la delegación cubana en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, donde fue entregado al Comandante revolucionario un Diploma al Mérito. Neruda pronunció unas breves palabras y luego, recitó sus versos del Canto a Bolívar, con su lenta y carrasposa dicción, su siempre húmedo ritmo, y la confirmación de que el pasado era augurio y esperanza: “Bolívar, capitán, se divisa tu rostro./ Otra vez entre pólvora y humo tu espada está naciendo./(…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga,/en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,/ Padre, le dije, eres o no eres o quién eres?/ Y mirando el cuartel de la Montaña, dijo:/ “Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”. Era un poema del Canto General, libro cuya primera edición especial en México, en 1950 había sido extraordinario acontecimiento editorial, con ilustraciones de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros y especiales recursos tipográficos de los Talleres Gráficos de la Nación, en un país de imprentas ancestrales y leyendas como la de José Guadalupe Posada que había conseguido pintar el alma de México al dibujar La Catrina. La muerte engalanada, elegantemente vestida bajo el ala amplia de su sombrero florido mientras sonríe umbrosa. Uno de los primeros doscientos de aquellos preciados ejemplares, el poeta lo dedicó al Comandante, sin apuntar la fecha en que lo obsequiaba: “A Fidel que sin nombre (porque está en nuestra Historia) circula en las páginas de este libro que le dedico. ¡Venceremos!”

El auditorio de la Universidad Central de Caracas vibró con las líneas sucesivas expresadas en cadencia emotiva por el poeta chileno. Fidel Castro lo escuchaba sin pestañear, sintiéndose en un ambiente familiar que le recordaba los actos de la Plaza Cadenas, en La Colina. El joven jefe de la Revolución aún se sentía universitario, pensó que quizás nunca dejaría de serlo. Neruda dijo que cuando se escribiera su biografía quería que en ella se dijera en lugar preponderante que una vez en su vida había estrechado la mano del Libertador de Cuba. Nuevamente tuvieron la oportunidad de encontrarse y Neruda, ferviente evocador de lo vivido, haría el recuento:

“He visto pocas acogidas políticas más fervorosas que la que le dieron los venezolanos al joven vencedor de la revolución cubana. Fidel habló cuatro horas seguidas en la gran plaza de El Silencio, corazón de Caracas, yo era una de las doscientas mil personas que escucharon a pie y sin chistar aquel largo discurso. Para mí, como para muchos otros, los discursos de Fidel han sido una revelación. Oyéndole hablar ante aquella multitud, comprendí que una época nueva había comenzado para América Latina. Me gustó la novedad de su lenguaje. Los mejores dirigentes obreros y políticos suelen machacar fórmulas cuyo contenido puede ser válido. Pero son palabras gastadas y debilitadas en la repetición. Fidel no se daba por enterado de tales términos. Su lenguaje era natural y didáctico. Parecía que él mismo iba aprendiendo mientras hablaba y escuchaba.

“El presidente Betancourt no estaba presente. Le asustaba la idea de enfrentarse a la ciudad de Caracas, donde nunca fue popular. Cada vez que Fidel Castro lo nombró en su discurso, se escuchaban de inmediato silbidos y abucheos que las manos de Fidel trataban de silenciar. Yo creo que aquel día se selló una enemistad definitiva entre Betancourt y el revolucionario cubano(…) Mi idea personal es que aquel discurso, la personalidad fogosa y brillante de Fidel, el entusiasmo multitudinario que despertaba, la pasión con que el pueblo de Caracas lo oía, entristecieron a Betancourt, político de viejo estilo, de retórica, comités y conciliábulos. Desde entonces Betancourt ha perseguido con saña implacable cuanto de cerca o de lejos le oliera a Fidel Castro o a la revolución cubana.

“Al día siguiente del mitin, cuando yo estaba en el campo de picnic dominical, llegaron hasta nosotros unas motocicletas que nos traían una invitación para la Embajada de Cuba. Me habían buscado todo el día y por fin habían descubierto mi paradero. La recepción sería esa misma tarde, Matilde y yo salimos directamente hacia la sede de la embajada. Los invitados eran tan numerosos que sobrepasaban los salones y jardines. Afuera se agrupaba el pueblo y era difícil cruzar las calles que conducían a la casa.

“Atravesamos salones repletos de gente, una trinchera de brazos con copas de cóctel en alto. Alguien me llevó por los corredores y unas escaleras hasta otro piso. En un sitio sorpresivo nos estaba esperando Celia, la amiga y secretaria más cercana de Fidel. Matilde se quedó con ella. A mí me introdujeron a la habitación vecina.

“Hola Pablo – me dijo, y me sumergió en un abrazo estrecho y apretado”.

(…) No hablamos del incidente (se refiere a la presencia furtiva de un fotógrafo, llegado hasta allí sin autorización) sino de las posibilidades de una agencia de prensa para la América entera. Me parece que de aquella conversación nació Prensa Latina. Luego, cada uno por su puerta, regresamos a la recepción”.

Fidel y Neruda volverían a verse pero la próxima vez sería en la propia Habana, durante las celebraciones por el segundo aniversario del triunfo revolucionario y con la buena noticia de que un libro urgente había nacido al fulgor de la amanecida: Canción de gesta. El mismo Pablo explicaría las razones de su inspiración:

“Primeramente medité este libro en torno a Puerto Rico, a su martirizada condición de colonia, a la lucha actual de sus patriotas insurgentes.

“El libro creció después  con los acontecimientos magnánimos de Cuba y se desarrolló en el ámbito  Caribe.

“Lo dedico pues a los libertadores de Cuba: Fidel Castro, sus compañeros y al pueblo cubano. (…)”. Y al pie de la nota una acotación: “A bordo del Paquebot`Louis Lumiere` entre América y Europa, 12 de abril de 1960”. Son los versos de este volumen como viejos marineros, como vaivén de olas, susurro de corrientes profundas y heroicas, como pitazos de barcos que despabilan adormecimientos, alertan, anuncian arrecifes e islas o simplemente, el arribo a puerto:

“Fidel, Fidel, los pueblos te agradecen/ palabras en acción y hechos que cantan,/ por eso desde lejos te he traído una copa de vino de mi patria;/ es la sangre de un pueblo subterráneo que llega de la sombra a tu garganta;/son mineros que viven hace siglos sacando fuego de la tierra helada./ (…)/ Y si se atreven a tocar la frente/ de Cuba por tus manos libertada/encontrarán los puños de los pueblos, / sacaremos las armas enterradas;/ la sangre y el orgullo acudirán/ a defender a Cuba bienamada.”

De alguna manera quedaban sellados los vínculos hondos entre la patria chilena y la cubana, sus destinos se unirían para siempre de una forma cálida y estrecha en el sueño, primero, y desafiante y combativa, en días desgarrados y cruentos de enfrentar al fascismo. Neruda – a pesar de dolorosos malentendidos, como los llamaría muchos años después el entrañable Volodia Teitelboim-, guardaría en lo recóndito un lugar de cariño y de defensa, para la Isla de la Libertad, para la Revolución Cubana y sus protagonistas.

Al arroyo y la espesura, a los picos de las montañas y a la cercanía de los campesinos que apoyaron al Ejército Rebelde, volvió Fidel tras el regreso de Venezuela.